‘Aquí es donde yo nací, me crié y crié a mis siete hijos’, dice Rosana de Almeida. Foto: Roberto Almeida/ISA

Contra el hambre y la Covid-19, quilombolas ponen comida en la mesa de la favela

Cooperativa del Valle de Ribeira (SP) forma alianzas para mantener la producción de renta en las comunidades y aliviar el impacto de la pandemia en las familias vulnerables.

Por Roberto Almeida, periodista del Instituto Socioambiental (ISA)
Vídeo: Manoela Meyer/ISA
Traducción: Javiera Silva Ábalos/Revista 795

Más hospitalizaciones y menos camas en la UCI, más muertes por Covid-19. El día 26 de febrero de 2021 el Gran São Paulo retrocedía más una vez para la Fase Naranja del Plan SP, del gobierno de estado, que restringe el funcionamiento de los servicios no esenciales. Era el inicio del periodo más grave de la pandemia hasta entonces.

Novedades traídas del terreno de los quilombolas. Foto: Roberto Almeida/ISA

A las 7 hrs, el camión de la Cooperativa de los Agricultores Quilombolas del Valle de Ribeira (Cooperquivale) paraba frente a la Asociación de Vecinos del Jardim São Remo, favela en la zona oeste de São Paulo. Se estaba creando ahí una de las conexiones más improbables y urgentes: comida orgánica de los quilombos en la periferia de la ciudad más grande del país.

Cajas de palmito, cajas de plátanos, cajas de maná-cubiu, cajas de paltas, cajas de limones cravo, cajas de jaca mole, cajas de miel, lotes de pescado seco, lotes de plátano chips, cajas de panela, cajas de zapallo, cajas de camotes (con 3 tipos diferentes) y cajas de mandioca y más cajas fueron pasadas de mano en mano.

La discusión del grupo de mujeres voluntarias de la asociación de vecinos era adivinar qué era qué entre las novedades traídas del terreno de los quilombolas, era tremenda la diversidad de productos. “Ese ahí algunos creyeron que era caqui. Pero es ácido, es el tal del cubiu” y reían a carcajadas. “Y eso aquí ¿es el camote o la mandioquinha? Hay blancas, rojas, vienen de todas las formas…”, decían, mientras las cajas pasaban de un lado al otro, haciendo un laberinto al medio del salón.

En total, fueron 11 toneladas de alimentos quilombolas que, según los voluntarios de la asociación, ayudan a alimentar a aproximadamente mil familias al mes. Aún es poco.

La investigación realizada en febrero por el instituto Data Favela en asociación con la Locomotiva — Investigación y Estrategia y la Central Única de las Favelas (Cufa) muestra un escenario alarmante. Ocho de cada diez habitantes de favelas dicen necesitar de donaciones para sobrevivir.

Desde fines del año pasado, el auxilio-emergencial está suspendido, con un posible regreso para la segunda mitad de abril. El valor promedio debería ser alrededor de R$250 (reales).

“Hoy, infelizmente, después de que la gente volvió a trabajar, hubo esa falsa impresión de que la pandemia pasó. Pero no pasó”, dice Catarina Godói, cocinera y voluntaria de la asociación de vecinos. “La cantidad de tiendas cerradas, puestos de trabajo cerrados, es enorme. Chocante. Hoy las personas están necesitando mucho, más que al inicio, cuando ocurrió aquel impacto”, afirmó.

María da Conceição Mendes dos Santos Oliveira, 64 años, grupo de riesgo para la Covid-19, con dificultad para caminar y cargar peso, no podría ir a buscar la comida a la sede de la asociación. Pero la recibió en la puerta de la casa, gracias a su sobrino Lula Santos, profesor y líder comunitario.

“Un tiempo atrás, yo le dije a mi sobrino para mirar la heladera. Ahí, él miró. ¿Sabes lo que yo tenía? Agua. Solo, agua. Yo no podía salir a comprar. El plátano, por ejemplo, es muy importante. Tiene calcio, potasio, es importante…” afirmó. “Zapallo, plátano, son cosas que solamente nos hacen bien. Todo lo que viene es muy bienvenido. Todo es importante para nuestra salud. Benditos sean esas personas que nos ayudan.”

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En el transcurso, la resistencia

Antes de llegar al Jardim São Remo para distribuir 11 toneladas de alimentos, el camión de la Cooperquivale pasó de comunidad en comunidad, donde hace siglos quilombolas producen alimentos dejando al bosque en pie.

No es coincidencia. Las comunidades pertenecen al Sistema Agrícola Tradicional Quilombola, reconocido por el Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (IPHAN) como patrimonio inmaterial de Brasil. Es por esto que el Valle de Ribeira (SP) concentra el remanente más grande de la Mata Atlántica de Brasil.

Quilombos son grupos de ancestralidad negra que desarrollan prácticas de resistencia para la mantención y reproducción de sus modos de vida en un lugar determinado

Para los alimentos llegar hasta el Jardim São Remo el viernes, 26 de febrero, el camión comenzó a pasar por las comunidades cuatro días antes. Salió de la sede de la cooperativa en Eldorado (SP) y paró, entre otras etapas, en la casa de Adan Pereira, en el Quilombo Sapatu, para llevarse las cajas de plátanos a la climatizadora.

Los días siguientes, hizo una visita a la casa de Osvaldo dos Santos, en el Quilombo Porto Velho, para ir a buscar harina de mandioca, miel, panela y taiada. Luego cosechó mandioca en un trabajo comunitario con el Quilombo Cangume, y cargó el inhame cosechado en el terreno de Rosana de Almeida, del Quilombo Nhunguara.

Michel Guzanchi, coordenador de la cooperativa. Foto: Manoela Meyer/ISA

Toda esa logística fue organizada por Michel Guzanchi, del Quilombo Poça, hoy coordenador de la cooperativa, quien está familiarizado con el lento trayecto por la SP-165, que conecta Eldorado con Iporanga, Itaóca y Apiaí, carretera sinuosa que contorna el Parque Estatal Turístico del Alto Ribeira, el PETAR.

“Al mismo tiempo que es agotador, es gratificante, le da importancia a nuestro trabajo. Después, cuando subimos a la favela en São Paulo, vemos la otra realidad de la gente allá, que también necesita de los productos. Cuando abrimos la carga del camión, la gente se pone muy feliz: mira la jaca, mira vino pescado, vino plátano”, contó Guzanchi.

Organizar la producción quilombola, recolectar los alimentos y distribuirlos en una favela paulistana en el medio de una pandemia sólo es posible porque hay unión entre la cooperativa, las asociaciones quilombolas, organizaciones no-gubernamentales, organizaciones internacionales y líderes comunitarios.

Hace años, la cooperativa entregaba sus alimentos para la merienda escolar a través del Programa Nacional de Alimentación Escolar (PNAE), del Ministerio de Educación. En marzo del año pasado, inicio de la pandemia, las municipalidades de São Paulo, Santos, Santo André y Cajati suspendieron los contratos con la cooperativa. Hasta el momento, no hay perspectiva de que se retomen las entregas contratadas y el arreglo tuvo que cambiar de una hora para otra, sin ningún incentivo de los gobiernos federal, estatal o municipal.

“En las primeras distribuciones fueron más de 20 toneladas”, recordó Guzanchi. “De primera, en la hora que llegó todo al galpón, quedamos sorprendidos. Nosotros de la cooperativa no sabíamos que teníamos esa capacidad. Fue desafiante, porque lo hicimos sin saber si iba funcionar. Y lo logramos.”

Este movimiento productivo y positivo, que busca amenizar tanto el impacto económico como sanitario de la pandemia de Covid-19, mostró que sólo tiene las de ganar. Por un lado, la generación de renta para los productores fue mantenida durante la mayor crisis sanitaria de los últimos 100 años. Ellos producen el alimento que consumen y negocian el excedente con la cooperativa quilombola. Ganan, además, un soplo de autoestima.

Como resultado del trabajo, la cooperativa se fortalece, sus líderes van de quilombo en quilombo, escuchan las demandas de las productoras y productores.

“Nosotros pasamos por en torno de 10 comunidades, a lo largo de tres días y atravesamos unos 500 kilómetros, haciendo la recolección por las comunidades, hasta llegar a la cooperativa”, dice Guzanchi. “A mi me gusta llegar, conversar y saber la necesidad de cada comunidad”.

En la última semana de febrero, el asunto en los quilombos del Valle de Ribeira era la vacuna contra la Covid-19. A pesar de fallas e impedimentos que motivaron una acción en el Supremo Tribunal Federal, muchas comunidades habían recibido la primera dosis, una conquista del movimiento quilombola estatal, que actúa junto al gobierno paulista desde el año pasado para garantizar la prioridad en la inmunización. Por eso, la esperanza era alta, así como el esfuerzo por mantener la distribución de comida para las familias vulnerables.

Además de la favela de São Remo, la tierra quilombola y la pesca caiçara — las cajas también llevan pescado seco de la Asociación de vecinos de la Enseada da Baleia, de la Ilha do Cardoso, en Cananéia (SP) — ayudaron a alimentar a los habitantes de los municipios paulistas de Eldorado, Iporanga, Jandira y Embu das Artes. Además de una acción en la Villa Brasilândia, favela de la zona norte de la capital paulista, que contó con el apoyo de Magazine Luiza y el Instituto Brasil a Gosto.

En total, desde marzo del año pasado, fueron realizadas ocho entregas que sumaron más de 150 toneladas de productos de las tierras quilombolas y de la pesca caiçara.

Del Quilombo Sapatu, los frutos

El motor fuera de borda tamborea y el barco atraviesa lentamente el río Ribeira de Iguape, hasta el Quilombo Sapatu, entre pedregullos que se esconden en la corriente barrienta.

Quien pilotea es Adan Rodrigo Trolesi Pereira, 32, que tacha del mapa lo que antes era disputado por invasores de tierras y hoy, como territorio quilombola, es base de trabajo firmado, dos años de manejo de una plantación de plátanos orgánicos de dos hectáreas.

“Nosotros tenemos la sabiduría de los viejos”, dice Pereira. “No exigimos tanto del suelo porque lo que le damos, él lo devuelve.”

La alegría, él contó, es plantar donde los papás plantaron. Donde los abuelos plantaron. Donde los bisabuelos plantaron. Y reverenciaron que allí mismo, en medio de aquella plantación nueva de plátanos, hay una jacataúva, árbol de grande porte, que nadie derriba por nada.

Con la herramienta en la mano, Pereira camina entre los árboles de plátanos, escoge el racimo. Remueve las puntitas con las inflorescencias — para no golpear los frutos en el traslado — después separa los racimos y los limpia en un recipiente con lavalozas, donde flotan los escarabajos que demuestran que no hay veneno allí.

“Aquí hay un consorcio. Está el plantío, pero está el bosque al lado. Entonces no está todo deforestado. No estamos obstruyendo el río. Nosotros mantenemos los árboles maestros antiguos, y abajo limpiamos y plantamos. Todas nuestras vertientes están preservadas, tanto el arroyo como el río. Hay vertientes que nunca vieron la guadaña”, celebró Pereira.

“Ese es el diferencial de la comunidad tradicional de una hacienda. Allá plantan plátanos y a lo que crece diferente le tiran veneno encima”, continuó.

Los racimos, de motor fuera de borda, van entonces para la otra orilla del Ribeira de Iguape. Después, para el borde de la SP-165. Y para el camión, que llegaría a la favela Jardim São Remo días después.

Del Quilombo Nhunguara, las raíces

El mar de hojas de inhame se mueve y, entre ellas, Rosana de Almeida corta con el machete, tira con el azadón, y las raíces abandonan la tierra. Es una mañana de trabajo en un cerro alto del Quilombo Nhunguara, en el terreno que está al fondo de la casa con vista al bosque, en la sombra del árbol de ciruelas.

‘Plantamos porque sabemos que vamos a vender’. Foto: Roberto Almeida/ISA

Antes, en la bienvenida, el patio es una diversión de limón rosa, naranja, guayaba, nísperos, palmitos, zapallos, chirimoyas, tomates, papayas y todo eso, en abrir y cerrar de ojos. En la caminata, el cesto en la espalda, el arroyo pasa refrescando el fuerte sol.

“Ésta es mi área de trabajo”, dice Almeida, que sin importar para donde mire, hay frutas, hortalizas, verduras, hay plantío y hay bosque. “En el campo, si plantamos, es difícil pasar hambre, ¿verdad? Aquí es donde yo nací, me crié y crié a mis siete hijos.”

Siempre fue así, hasta que, con el inicio de la pandemia, las cosas cambiaron drásticamente. Almeida pasó a cuidar también de la ejecución de los planes emergenciales de la cooperativa, a mover a los productores de más de 10 comunidades. Por eso, la aplicación de mensajes del celular no para de sonar.

“Si no tuviéramos a la cooperativa, no podríamos vender los productos. Antes, lo que plantábamos, era lo que plantábamos y lo que comíamos, lo comíamos, el resto, como se dice, quedaba para la tierra. Ahora, no. Plantamos porque sabemos que vamos a vender”, contó.

Del Quilombo Cangume, la unión

Después de la sede del municipio de Itaóca, en la carretera lo que se ve es una isla verde incrustada de casas: Quilombo Cangume. En el entorno, pasto, pinus, eucalipto. En el Cangume, no.

Fernando Gonçalves da Silva, Eurico de Oliveira, Esequiel Gonçalves de Pontes, Joel Dias Gonçalves, Pedro Henrique Santos de Pontes y la yegua Mimosa trabajan bajo el sol del final de la tarde para arrancar las mandiocas. Es trabajo comunitario, es un encuentro en el día — trabajo colaborativo para animar el esfuerzo. En el Cangume y en los otros quilombos del Valle de Ribeira, todos se ayudan.

“No hay palabras que expresen esa tierra maravillosa que tenemos aquí. Es muy gratificante saber que estamos llevando a la mesa un producto que nosotros mismos cosechamos y produjimos con nuestras manos, con trabajo pesado sabemos de qué nos estamos alimentando”, dice Fernando Gonçalves da Silva, de los más jóvenes y orgullosos del grupo.

La mandioca, él entra en detalle sobre cómo se hace el plantío y la cosecha, “Cuando está con unos 30 cm nosotros la limpiamos y ella se hunde. Con unos 60 cm le damos otra limpiada. A partir de unos 6 a 8 meses, comienza a surgir la mandioca bien delgada”, explicó. “A partir de los ocho ya se puede usar para cocinar, para sopa. Con un año está con ese tamaño aquí. Esa está con un año y dos meses, ahí la arrancamos para el consumo.”

El transporte de la mandioca, del cerro empinado hasta el galpón comunitario, es en el lomo de la Mimosa. Una moto ayuda a llevar y traer. Los espíritus van felices. El camión de la cooperativa llega temprano al día siguiente para buscarla.

Del Quilombo Porto Velho, a la lucha de todas y todos

Trabajar en la comunidad, dice Osvaldo dos Santos, del Quilombo Porto Velho, tiene sabor de libertad.

Dice en la casa con horno de harina y una estructura recién construida para trabajar los derivados de la caña de azúcar. De ahí salen harina de mandioca, panela y taiada — una combinación de los dos primeros con jengibre, que le da fuerza al trabajo en el campo.

‘Y no es un día, son quinientos años’, dice Santos. Foto: Roberto Almeida/ISA

Fuerza que él quiere transmitir para todos los que van a recibir los productos. “La lucha de la gente de la favela es la lucha del negro de Brasil. La dificultad, la discriminación, el prejuicio”, afirmó Santos.

Él continuó: “Eso es una lógica que la gente enfrenta en el día a día. Y no es un día, son quinientos años. Donde el negro tiene que ir para la favela, donde el negro quilombola continua en sus comunidades pero con mucho sacrificio. En ese punto estamos hablando la misma lengua, estamos en la misma sintonía.”

Por eso, caminar con él por el territorio es celebrar cada pedazo de tierra, de área reforestada, de la caña, del arroz, de la mandioca. “Para mí es una satisfacción saber que estamos alimentando allá también, en esta sintonía del pueblo negro”, afirmó.

Cuando el camión de la cooperativa llegó, los productos ya estaban listos, en cajas, en la sala de estar de la casa. “Terminó la política pública de la merienda escolar, entonces ahora estamos entregando en el plan emergencial. Es lo que nos ha mantenido hasta ahora. Pero estamos necesitando de políticas públicas urgentemente”, afirmó.

Las acciones emergenciales de la producción de distribución de alimentos son una realización de las Asociaciones Quilombolas, Instituto Socioambiental y Cooperquivale con la colaboración de la Coordinación Nacional de las Comunidades Negras Quilombolas (Conaq), Instituto Linha D’Agua, Asociación de Vecinos de Enseada da Baleia, Instituto Brasil a Gosto, Equipo de Articulación y Asesoria a las Comunidades Negras del Valle de Ribeira (Eaacone), Municipalidad de Eldorado, Municipalidad de Iporanga, Municipalidad de Cananéia, Municipalidad de Jandira, Municipalidad de Embu das Artes, ONG Bloco do Beco, Asociación de Vecinos del Jardim São Remo, Asociación de Vecinos de la Villa Brasilândia, Grupo Conexão Petar y Asociación de Mujeres Unidas por una Vida Mejor (Amuvim). Las acciones reciben apoyo de la Unión Europea, Good Energies y Rainforest Foundation Norway.

Glosario

* Favela se le dice a las tomas en centros urbanos, con alta densidad demográfica y falta de servicios básicos.

* Maná-cubiu es una fruta amazónica que puede ser amarilla, naranja o roja. Parece con un tomate.

* Limón cravo o limón mandarino, por su color naranjo fuera y dentro. Es cítrico como el limón.

* Jaca, fruta muy llamativa por su tamaño y aspecto. La cáscara es gruesa y dura. La fruta está compuesta por gajos que son semillas recubiertas de pulpa comestible. Se conocen dos tipos de jaca, dura y blanda (mole en portugués).

*Rapadura, azúcar sin refinar obtenido de la caña de azúcar, que viene en bloques.

* Mandioca, sin. yuca

*Mandioquinha, especie de papa que parece con una zanahoria pero es más dulce y amarilla.

*Auxílio emergencial, bono del gobierno Federal que surge como medida de emergencia, para auxiliar a los trabajadores informales, emprendedores y autónomos.

*Taiada, dulce típico del interior del estado de São Paulo, hecho con melaza de caña y harina de mandioca.

*Inhame, especie de tubérculo, de la familia de la mandioca.

*Las comunidades caiçaras viven entorno del mar y la pesca en el litoral sur y sureste de Brasil.

*Magazine Luiza, multitienda de muebles y electrónica y electrodomésticos

O ISA tem como foco central a defesa de bens e direitos sociais, coletivos e difusos relativos ao meio ambiente, ao patrimônio cultural e aos direitos dos povos

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